7/8/23

Mi viaje a Savannah (Georgia) con mi madre - El Nuevo Herald

 Hace apenas unas semanas estuve en la hermosa ciudad colonial de Savannah (Georgia) fundada en épocas de las Trece Colonias. Fue un viaje con mi madre y lo disfrutamos mucho, sobre todo porque la ciudad es muy hermosa y vale la pena visitarla. Pasamos momentos muy agradables, a pesar de que el calor en este periodo puede ser agobiante.

Les dejo lo que he escrito sobre el viaje en El Nuevo Herald:

Savannah, la ciudad colonial de Georgia / El Nuevo Herald / William Navarrete



Savannah, la ciudad colonial de Georgia

William Navarrete*

Nos fuimos unos días a Savannah, mi madre y yo, a conocer esta ciudad que data de la época en que las Trece Colonias americanas estaban en pleno auge. Hacía tiempo que habíamos oído hablar de sus encantos y era una visita pendiente. Viajamos tal vez en un mes poco apropiado, porque en julio el calor y la humedad pueden ser agobiantes. De modo que, tomamos las medidas necesarias para no deshidratarnos y no exponernos mucho al sol durante las horas en que pegaba más fuerte.

Cuando se llega a Savannah procedente de Miami uno tiene la impresión de cambiar completamente de dimensión. La ciudad tiene algo menos que 150 000 habitantes y su Centro Histórico puede recorrerse caminando sin dificultad. Lo mejor, por supuesto, sería alquilar una habitación en dicho Centro para recorrerlo a toda hora, sin peligro ni necesidad de recurrir a los servicios de transporte. Para aquellos que no les guste o que no puedan caminar existe una red de autobuses gratuitos, cuyas siglas son DOP, que atraviesa el casco histórico en dos direcciones: norte-sur y este-oeste. Las paradas están marcadas en los sitios de interés, de modo que uno puede bajarse, visitar y esperar el próximo DOP para continuar la visita.

Situada al este del Estado de Georgia, no lejos del océano y a orillas del río que le dio nombre, Savannah fue fundada en 1733 por el general James Edward Oglethorpe, al que acompañaban unos 120 pasajeros a bordo del navío escocés Anne. A estos pioneros se sumaron ese mismo año varias familias portuguesas y judías que huían de la Inquisición.

Se dice que Savannah es la primera ciudad planificada de Estados Unidos. Su plano, perfectamente reticulado, con amplias manzanas ritmadas por hermosos jardines (unos 22), así como por bulevares que las atraviesan, no desmienten esta condición. En manos de los ingleses hasta 1782, puede considerarse una de las ciudades más antiguas y mejor conservadas del país. Durante el siglo XIX su importancia fue decreciendo y, con la abolición de la esclavitud (más del 50% de la población es de origen afroamericano), se perdió la mano de obra que trabajaba en sus plantaciones e industrias. Sin embargo, hoy en día, su puerto es uno de los de mayor tráfico de todo el país e impresiona ver desde River Drive los enormes buques cargados de contenedores que transitan por el río. A pesar de ello, nada perturba la calma y el encanto, pues el puerto se encuentra alejado del centro.

Tiene Savannah una catedral católica (la de San Juan Bautista), erigida por los colonos franceses que tuvieron que huir en 1802 de los últimos embates de la Revolución en Haití. El cementerio colonial Bonaventura es otro de los puntos de interés, cuanto más que se dice que los fenómenos paranormales son frecuentes en la ciudad, y no son pocas las casas encantadas y los sitios en que los espíritus campean a sus anchas. De hecho, hay una gira nocturna para visitar los lugares en que han ocurrido sucesos relacionados con fantasmas.

Las plazas ajardinadas (squares) son numerosas (Madison, Lafayette, Columbia, Crawford, Franklin, Monterey, etc.), y todas tienen en el centro monumentos o hermosas fuentes, amén de arboles centenarios. El mayor parque es el Forsyth, con más de 30 acres, creado en 1851, y también el más imponente pues abarca varias manzanas. Abundan los cedros, las azaleas y otros hermosos árboles, y ocupa su centro una hermosa fuente de 1858. Lo rodean decenas de mansiones sureñas, muchas de estilo victoriano, otras en estilo Greek Revival y, al principio, la centenaria Armstrong Kessler, construida en 1919 por Henrik Wallin, en estilo neo-Renacimiento italiano.

Hay muchas casonas antiguas dignas de visitar que acogen museos y fundaciones. Una de ellas es la Mercer Williams House, en donde vivió uno de los personajes de la novela Midnight in the Garden of Good and Evil, de John Berendt, y la Davenport House, concebida en 1820 en estilo federal, casa perfectamente conservada con su mobiliario de época, de visita guiada obligatoria. También la Old Pink House, en Reynolds Square, una de las más antiguas, ocupada hoy en día por un lujoso restaurante. O la Juliette Gordon Low House, la mansión de la fundadora de las Girls Scouts norteamericanas, con visitas guiadas a través de los salones ambientados con los muebles y objetos de su propietaria.

En Chippewa Square se encuentra el Historic Savannah Theatre, del que se dice que es el más antiguo de Estados Unidos aún en funcionamiento (desde 1818), aunque fue remodelado en estilo art-Deco en 1948. Fue en este parque en que se filmó una de las escenas de la película Forrest Gump. De hecho, abundan los viejos cines y teatros de las décadas 1920-1950, como el Lucas Theater (1921) o el Trustees Theatre, que forma parte actualmente del célebre SCAD (el Savannah College of Art and Design). La mayoría de las tiendas y espacios comerciales se encuentran en la calle Savannah College of Art and Design, y entre los sitios de interés se encuentra la heladería Leopold’s, casa fundada en 1919, y la Marshall House, un hotel de 1851 que ha conservado la estructura y decoración originales.

Vale la pena tomar la gira en trolley que propone el Old Town Trolley Tours. Por unos $40 por persona si se compra in situ, se puede recorrer toda la parte antigua, subir y bajar tantas veces cuanto se desee. Se trata de trolleys abiertos, que imitan a los tranvías de otrora, de modo que resulta cómodo sacar fotos desde la cabina. Los conductores, muy amables, van explicando cada sitio de interés. El personal es tan atento y delicado que nosotros olvidamos un bolso con compras y, al día siguiente, nos los trajeron desde la oficina central de la compañía hasta el sitio en que habíamos comenzado nuestro tour.

Se dice que en Savannah está la calle más hermosa de Estados Unidos, la Jones Street. Se puede visitar la hermosa Telfear Academy, museo de bellas artes, frente a la plaza de ese nombre. El edificio data de 1819 y hay varias salas con obras de arte europeas y norteamericanas desde el siglo XIX. El Ayuntamiento es un elegante edificio que ocupa el lugar de la Bolsa, demolida en 1904. Y no lejos de allí, el City Market es una arteria peatonal en donde abundan los restaurantes, tiendas y otros comercios, entre los que se destaca la conocida fábrica de galleticas Byrd’s, fundada en 1924.

Una de las atracciones es tomar el crucero por el río Savannah cuyo recorrido permite ver desde la cubierta el antiguo fuerte Jackson (1808). Nosotros quedamos bastante decepcionados de la travesía porque no vimos gran cosa y porque el presentador no paró de hablar un solo minuto, ni de lanzar chistecitos que no daban gracia durante la hora de recorrido. De modo que no es imprescindible esta opción.

La comida es sureña, con todo lo que esto significa. A quienes les gusten los platos picantes, las frituras, el pollo empanizado y las ostras la pueden pasar muy bien. Lo único que lamentamos es haber descubierto cuando ya íbamos en taxi camino del aeropuerto la existencia de Rancho Alegre, un restaurante cubano que desde 1999, de padre a hijo, se ha convertido en una de las instituciones gastronómicas de esta inolvidable ciudad.

* Escritor francés, establecido en París


5/3/23

Entrevista a la escritora Uva de Aragón / Cubanet

He tenido el placer de entrevistar a la escritora Uva de Aragón para la serie de personalidades cubanas que conocieron la época republicana y salieron al exilio en los primeros años del castrismo. Aquí les copio la entrevista y dejo también el enlace:

Entrevista a Uva de Aragón / Cubanet / por William Navarrete

“Si alguien me hubiera dicho que iba a vivir 63 años de exilio me habría reído en su cara”

Conocí a Uva de Aragón hace ya varios años, primero a través de sus escritos en el Diario Las Américas y, luego, en el acontecer cultural de Miami, una ciudad en la que ha sido, y sigue siendo, una trabajadora incansable en favor de la cultura cubana como un todo. Siendo además nieta del gran escritor Alfonso Hernández-Catá y entenada de Carlos Márquez Sterling, el último presidente electo democráticamente en Cuba, después de aquellas convulsas y nunca legitimadas elecciones de noviembre de 1958, era imposible que, como intelectual e investigadora, se desentendiera de un tema que no tuvimos mucho tiempo de madurar ni de estudiar profundamente: el casi medio siglo de vida republicana en la Isla.

Uva de Aragón, con ese nombre de reina o de hada, recorrió durante los quince años que pudo vivir en Cuba los mismos escenarios que yo cuando ya ella había salido del país con su familia. En el transcurso de esta entrevista, nos dimos cuenta de que habíamos vivido un mismo espacio a destiempo, dos escenografías paralelas que diferían en todo lo demás. Ese mundo, era el de nuestro barrio, siempre el mismo y a la vez diferente: el de La Copa, en Miramar, en donde la casa de Uva y su familia, se convirtió en la residencia del embajador de Yugoslavia, con cuya hija jugaba en el cuarto que había sido el despacho de sus dos padres (Ernesto Rafael de Aragón y Carlos Márquez Sterling). Ella contemplaba desde su portal a quienes acudían al Balneario Universitario a donde también fui a bañarme yo, de niño, pero ya convertido en la escuela de natación Marcelo Salado. Y el sitio a donde iba en bicicleta, desde su casa, a llorar la muerte de su padre, la piscina natural del hotel Copacabana, en donde creía oír su respiración en el sonido de las olas, me bañe yo durante toda mi adolescencia, pero en lugar de la música de las olas lo que oía era el argot de los muchachos de Buenavista que trepaban el muro y se colaban en aquel sitio derruido, cuando aún no habían reparado el hotel, abandonado por muchos años después de que lo nacionalizaran.

Una vez le dije a Uva que había leído una de sus columnas sobre su primer viaje de regreso a Cuba tras 40 años de exilio. Lo había hecho mientras me desplazaba en un vagón del metro de París y, por pudor, tuve que retener las lágrimas que me provocaba la lectura. Ahora pienso que tal vez, en aquella época, era más susceptible a estos temas o, quizás (tendría que volver a leerlo), tenía a Cuba más a flor de piel. El caso es que cuando nos encontramos, por vez primera en Miami, le recordé quién era. Y ella me respondió que lo sabía porque no se olvidaba tan fácil a alguien que había estado a punto de llorar en el metro de París por la lectura de uno de sus escritos.

A lo mejor a Uva se le ha olvidado esta anécdota, pero en mi caso aquella experiencia selló lo que, para mí se convirtió desde entonces en respeto hacia ella, por la fidelidad y la constancia con que siempre ha llevado su Cuba a cuestas.

- Como a todos los entrevistados vamos a comenzar preguntando sobre los orígenes familiares de Uva de Aragón. ¿Qué tan lejos está Cuba en tus genealogías paterna y materna?

Mi padre, Ernesto Rafael de Aragón del Pozo era médico obstetra e hijo de cubanos que ya estaban establecidos en la Isla desde el siglo XVIII. Era una familia de profesionales, en la que sus hermanos y hermanas había estudiado casi todos en la Universidad y se habían convertido quien, en abogado, quien, en farmacéutico, otro en dentista o, si no, en docente. No era una familia de la alta burguesía, pero sí bastante conservadora. Y el caso es como siempre había algún muerto al que honrar el luto era muy frecuentemente entre sus miembros.

Por parte de Waldina Hernández-Catá, mi madre, a quien le decían Uva –de la cual heredé el nombre que muy pocas personas, fuera de mi familia, llevan–, era hija del escritor Alfonso Hernández-Catá, nacido en el pueblo salmantino de Aldeadávila, en 1885, a su vez hijo de un militar español y de una cubana, y de Mercedes Galt Escobar ‘Mamá Lila’, como llamábamos a mi abuela materna, de orígenes camagüeyanos y orientales. Por mi esta rama, descendíamos de los Jardines y Catá establecidos en el siglo XIX en Sagua de Tánamo, con historias propias de aquella época en la que no falta un ancestro fusilado durante la guerra de los Diez Años (1868-1878), migraciones, azares, hijos naturales, y un largo etcétera de peripecias, que serán justamente el tema de mi próxima novela.

En esta familia de orígenes diversos, sobresalía mi tía Sara Hernández-Catá, nacida en El Havre (Francia) en donde mi abuelo comenzaba su carrera de diplomático. Fue ella uno de los personajes que más influyó en mi vida desde la infancia porque fue siempre una mujer muy independiente, liberal y liberada, exuberante, que decidió no casarse nunca, que en vez de joyas corrientes y collares de perlas usaba prendas exóticas, que organizaba unas maravillosas tertulias en su casa, fumaba cigarrillos en una larga boquilla y le gustaba dormir desnuda.

Uva Hernández-Catá y Ernesto de Aragón, Madrid, 1950

- ¿Cómo fueron tus primeros pasos por la vida desde tu nacimiento hasta la primera escolaridad?

Nací el 11 de julio de 1944 en el hospital Angloamericano del Vedado y viví hasta los 2 años en la calle 23 entre H e I de ese mismo barrio de La Habana, en donde mi padre siguió conservando su consulta hasta su muerte. De niña, mi abuela Mercedes (Lila), quien vivía en el reparto La Sierra con mi tía Sara, me leía muchos libros y, entre ellos, uno de los primeros fue “Las cien mejores poesías de la lengua castellana”. Desde muy pequeña mi universo se pobló de escritores y artistas que la familia había conocido durante los muchos años que vivieron en Madrid, en la Edad de Plata de la literatura española, de los que ella me hablaba. También me  contaba mucho sobre su vida con mi abuelo Alfonso Hernández-Catá, quien había fallecido trágicamente el 8 de noviembre de 1940 durante un accidente aéreo cuando el avión en que viajaba de Río de Janeiro a Sao Paulo chocó, antes poco después de despegar del aeropuerto Santos Dumont, con uno que sobrevolaba la bahía de Botafogo haciendo acrobacias durante una maniobra conmemorativa junto a otros de su misma escuadra. Lo terrible fue que mi madre se encontraba aún en al aeropuerto. En esa época el aeropuerto no tenía torre de control.

Aquel acontecimiento de gran dramatismo yo lo veía muy lejano, pero en realidad había ocurrido apenas cuatro años antes de mi nacimiento. Mi tía Sara se convirtió en el sostén emocional de mi abuela, y en su casa se realizaban tertulias culturales en que era corriente ver a Fernando Ortiz, Salvador Bueno, Ernesto Lecuona, Bola de Nieve, Enrique Labrador Ruiz, Alejo Carpentier (cuando estaba en Cuba), el caricaturista Juan David y muchos más. Incluso, en esa misma casa conocí a Rómulo Gallegos, quien había llegado exiliado a La Habana, en 1948, después del golpe de Estado que lo expulsó de la presidencia de Venezuela. En lo que buscaba dónde alojarse con su esposa y sus hijos, mi tía Sara los acogió en la casa. De hecho, su novela cubana, titulada La brizna de paja en el viento, que terminó de escribir en la Isla más tarde, está dedicada a mi tía Sara y a Raúl Roa.

Tengo muchas anécdotas de todos ellos e incluso una con Lecuona en que, de vuelta de un viaje a Europa, cuando tenía seis años, y coincidimos en el mismo vapor, nos tocó a mí y a mi hermana una pieza. Resulta que mi madre nos acostaba temprano en el camarote, pero una noche fingimos dormir y nos escapamos para escuchar al Maestro al piano en una elegante velada en los salones del trasatlántico. Nos escondimos detrás de una cortina, pero Lecuona nos vio y, sin que lo esperáramos, en lugar de descubrirnos nos preguntó con disimulo qué pieza querían escuchar aquellas señoritas. Y yo, adelantándome a mi hermana, le pedí Siboney, que él nos dedicó. Fue mágico escuchar aquel lamento criollo en medio del Atlántico y la madrugada.

En 1946 nos mudamos para Miramar, exactamente para La Copa, en la calle 42 entre 1ra y 3ra. En esa casa vivimos hasta nuestra salida de Cuba.

Casa familiar en calle 42, entre 1ra y 3ra, Miramar

- Justamente, sobre la vida en aquel barrio y tus recuerdos quería saber un poco más… ¿Cursaste la enseñanza primaria allí? ¿Cómo fue ese periodo?

Frente a mi casa había una bodega administrada por unos chinos y recuerdo que, de niña, cruzaba la calle para ir a comprar galleticas María. Me daban dos por 1 centavo, y, a veces, según el humor del chino, me regalaba una extra “de contra”. En la misma acera de mi casa, yendo hacia el mar, estaba la bodega de Luis, así como la tienda de ropa de una colombiana llamada Mireya. En la 1ª, una callecita corta que interrumpía la Calle de la Copa de la acera frente a mi casa, se encontraba la Quincalla de Fuentes que era un universo maravilloso para mí porque vendía de todo, libros incluidos, y porque fue allí donde compré, con mi propio dinero, mis dos primeros libros: La ilustre fregona, una de las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes y una biografía sobre Eugenia de Montijo.

La enseñanza primaria no la cursé en Miramar, sino en el colegio Margot Párraga, en la calle 4 entre Calzada y 5ta, en El Vedado, en donde hoy día se halla la sede del Ballet Folklórico Nacional. Era una escuela de clases pequeña y nos enseñaban, además de las materias corrientes, francés, inglés, pintura, música y, sobre todo, ballet. Con los años he pensado que no fue un colegio apropiado para mí porque se hacía mucho hincapié en este último, cuyas clases dada Cuca Martínez (hermana de Alicia Alonso) y, como tenía los pies planos y otros problemas, yo nunca pude participar. De modo que era un poco el Patico Feo del plantel y mientras esperaba que mi hermana Lucía terminara las clases de ballet leía infatigablemente. Tanto leía en esa época que en casa empezaron a llamarme “La niña escondida”, pues siempre andaba leyendo, escabullida en algún rincón.

Por suerte, en ese colegio había una profesora española llamada Gloria Santullano que se dio cuenta de mis capacidades para la literatura y trató de incentivarme elogiando mis composiciones y haciéndome participar con papeles protagónicos en las piezas teatrales que montaba.

Debo decir también que el final de la enseñanza primaria coincidió con el fallecimiento de mi padre quien había sufrido un infarto en el verano de 1953 y murió en enero de 1954. En esos meses nuestro hogar cambió mucho, como sucede cuando hay un enfermo crónico. Los olores, los silencios, las voces sigilosas, el ir y venir de enfermeras y médicos, me afectaron mucho. Tenía nueve años cuando murió mi padre y, poco después, una compañera de clases muy querida, también falleció, esta vez de leucemia. Definitivamente, el Margot Párraga no podía ser un sitio que me trajera muy buenos recuerdos…

Colegio Margot Párraga en el Vedado

- ¿Cuándo empiezas a escribir y qué fue lo primero que publicaste?

Precisamente durante la enfermedad de mi padre, mi tía Sara me trajo un cuaderno y recuerdo que me dijo: “¡Escribe!”. Yo la obedecí. Mi primer texto fue una noveleta de 17 páginas, una especie de Cenicienta en versión guajira y feminista. Lo primero que publiqué fue a los 13 años, en febrero de 1958, cuando envié una pequeña crítica mía sobre Impaciencia del corazón, de Stefan Zweig, a un concurso juvenil que proponía el Diario de La Marina. Entonces mi trabajo fue escogido y publicado. Estaba tan feliz que salí corriendo a comprar varios periódicos.

Primer articulo en el Diario de La Marina 2 de febrero 1956

- Tengo entendido que continuaste tu escolaridad en el colegio Ruston, uno de los mejores de La Habana antes de 1959…

En efecto, mi padre de niño había vivido en Estados Unidos y hablaba perfectamente inglés. De modo que dejó, antes de morir, todas las indicaciones para que nos inscribieran a mis hermanas y a mí en el Ruston, un colegio americano bilingüe, originalmente en El Vedado pero que estrenó un plantel nuevo precisamente en 1956 el año que yo comencé mis estudios allí. Cursaba Bachillerato en español y High School en inglés. Hice el último examen final la mañana que me fui de Cuba en 1959. Considero que en ese colegio florecí porque la nota no era lo más importante, sino pensar, debatir, reflexionar en diálogo constante con profesores y compañeros. Recuerdo que cuando nos portábamos bien la maestra de inglés nos leía a Edgar Allan Poe, con quien aprendí a escribir cuentos. Durante esos tres años se me iluminó el mundo y se me ordenó también. Tanto adelanté y, en tan poco tiempo, que cuando llegué a Estados Unidos pude terminar mi bachillerato a los 16 años.

- ¿Cómo viviste los años turbulentos de la década de 1950, a partir del golpe de Estado de Fulgencio Batista y la inestabilidad política consecuente?

Cuando el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 recuerdo perfectamente que Raúl, nuestro chofer, llegó a casa más temprano que nunca y como yo estaba sentada a la mesa de la cocina me dijo que subiera para anunciarle a mi padre que Batista había acabado de dar un golpe. Entonces fui a la habitación de mi padre. Recuerdo su sonrisa al verme y el aroma de su colonia de Guerlain, pero cuando le anuncié la noticia se llevó las manos a la cabeza y solo exclamó: ¡Pobre Cuba!

Años después de morir mi padre, mi madre se casó con quien fue un segundo padre para mí y mis hermanas Lucía y Gloria: Carlos Márquez Sterling. Poco a poco nos fue ganando porque era un hombre extraordinario. También era un gran intelectual que amaba profundamente a Cuba, con gran sentido de justicia social, alguien que había luchado mucho desde su bufete por el reconocimiento de los derechos de los niños ilegítimos, por ejemplo. Su padre Don Manuel había sido presidente del país en la década del 1930 por muy breve tiempo. Más importante, fue un gran periodista y diplomático, el cual negoció la abrogación del a Enmienda Platt. Carlos, quien había presidido la Cámara de Representantes y la Asamblea Constituyente de 1940, era más que un político, un estadista. Intentó buscar una solución para Cuba que no fuera ni Fulgencio Batista ni Fidel Castro.

Como estaba en la oposición contra Batista, la policía vino a buscarlo la noche del ataque al Palacio Presidencial del 13 de marzo de 1957. Argumentando que no tenían una orden de arresto, se negó a abrir la verja que separaba el atrio de nuestra casa del vestíbulo y a dejar que se lo llevaran. Al día siguiente supimos que habían encontrado el cadáver del abogado y político Pelayo Cuervo Navarro, quien también se oponía a Batista, en El Laguito, en el Reparto Biltmore. Si la policía de Batista se hubiera llevado a Carlos esa noche, con toda seguridad lo hubieran matado.

Por supuesto, al ser Carlos el candidato de la oposición en las elecciones presidenciales de noviembre de 1958 quedaba en la mirilla del nuevo régimen. El 4 de enero de 1959 vinieron a buscarlo a casa y lo llevaron al despacho del Che Guevara en La Cabaña, quien lo recibió y le dijo que para protegerlo iban a dejar allí esa noche. De nada valió que él le dijera que debería estar en su casa protegiendo a su familia. De modo que lo encerraron en una pieza en la que quedaban cosas que habían pertenecido a gente de Batista y, entre éstas, una gran caja plateada llena de tabacos. Allí pasó toda la noche constantemente molestado por los propios guardias que venían a servirse de los puros. Al día siguiente, cuando pidió hablar con el Che le dijeron que se había marchado. A ciencia cierta, nadie estaba a cargo del lugar. Entonces Carlos reconoció entre los hombres sentado en un escritorio a uno que él conocía porque había militado en el pasado, como él, en el Partido Ortodoxo. Le pidió un salvoconducto y éste se lo concedió. Así pudo salir de La Cabaña, mientras afuera lo esperaba mi tía a Sara a quien, por la fuerza de su carácter y mucha determinación, sus hermanos hacía años llamaban el “General Saro”.

Desde esa noche del 4 de enero nos pusieron milicianos en nuestra casa que convivieron con nosotros día y noche hasta el mes de marzo de 1959. Todos estábamos harto de aquella situación hasta que un día Carlos les convenció para que se fueran ya con el argumento de que nosotros no íbamos a atentar contra el gobierno ni a cometer ninguna acción que mereciera tanta vigilancia y ellos se estaban perdiéndose todos los autos, casas y puestos que estaban repartiendo.

Sara Hernández-Catá y Fernando Ortiz, 1950

- ¿Cómo y cuándo se produjo la salida definitiva de Cuba?

Antes de salir de Cuba, mi hermana Lucía se casó en el mes de abril de 1959 en la iglesia de San Antonio de Miramar. No fue una boda muy agradable porque esa misma mañana habían llamado a casa con la amenaza de que si Carlos Márquez Sterling la entraba a la iglesia al traje de la novia se le llenaría de sangre. Pero, mi hermana Lucías, que tenía dieciséis años, insistió que, si no iba de su brazo al altar, no se casaba. De modo que esa noche los pocos que sabíamos de la amenaza, estábamos aterrorizados, más pendientes de las puertas de la iglesia que de la ceremonia. Por suerte, no cumplieron la amenaza porque tal vez no estaría aquí haciendo el cuento.

En esos días Carlos se enteró de que lo iban a expulsar de la Universidad con un juicio sumario y pruebas falsas que habían fabricado contra él. Con esos truenos y, a sabiendas de las cosas que estaban sucediendo, decidimos que se escondiera en un sitio seguro, mientras mi madre, yo y mi hermana menor salíamos de Cuba.

Nuestra salida fue el 13 de julio de 1959, en un viaje La Habana–Miami-Washington, DC. Carlos permaneció escondido y cuando supo que ya estábamos en Estados Unidos declaró su asilo político en la Embajada de Venezuela. Allí estuvo hasta el 26 de julio, en que pudo salir de la Isla. Y aunque el propio Raúl Roa le dijo que podía salir de la embajada pues le daban garantías, él no se arriesgó a hacerlo.

Todo este periodo fue de sobresaltos en sobresaltos. Cuando Carlos llegó a Nueva York tenía un pasaporte que vencía ese mismo día. El agente de inmigración le comunicó que no podía entrar, pero como él era abogado y conocía las leyes, le respondió que sí era posible porque el documento no vencía hasta las 12 de la noche de ese mismo día, y lo dejaron entrar. Eran otros tiempos…

El resto de la familia – mi abuela Lila, mi tía Sara y demás – salieron de Cuba un año después rumbo a México. Estando allí, mi tía Sara se encontró, durante una recepción, a Rómulo Betancourt, entonces Presidente de Venezuela, y al éste verla allí le preguntó qué hacía en el país azteca. Entonces ella le respondió: “Lo mismo que tú cuando estabas exiliado en La Habana”. Entonces Betancourt pidió que la recibieran y que le arreglaran todos los papeles, a ella y a mi abuela, para que pudieran instalarse en Caracas. Allí vivieron siempre las dos hasta sus muertes. También en Caracas tengo enterrados a mis tíos Alfonso y Pepe Hernández-Catá.

Pasaporte al salir de Cuba

- ¿Cómo fueron los primeros años de exilio en Estados Unidos?

Los primeros años fueron terribles porque habíamos dejado todo en Cuba y creíamos que íbamos a volver. Si alguien me hubiera dicho en aquel momento de 1959 que iba a vivir 63 años de exilio me hubiese reído en su cara. En Cuba había dejado a mi hermana Lucía, recién casada, mi novio y a mis compañeras de escuela que quería mucho y con quienes me carteaba constantemente. Me pusieron entonces en un colegio de monjas en Washington gracias a que mi padre había dejado un seguro en Canadá justamente para utilizarlo en nuestra educación. Pero yo estaba renuente a quedarme en Estados Unidos y desaprobaba adrede los exámenes de entrada al colegio del Sagrado Corazón para que no me admitieran. Pero Mother Mouton, la monja que dirigía la escuela, se dio cuenta pues ya habían llegado de Cuba mis notas y recomendaciones de mis maestros del Ruston. Quiso verme sin mis padres, me fue haciendo una especie de examen oral y sin que yo me diera cuenta comprobó que tenía los conocimientos pertinentes. Me pidió que me quedara un año y si al fin de ese término deseaba aún volver a Cuba ella me ayudaría. Nunca tuvimos esa conversación porque cerraron los colegios privados en La Habana y mis amigas, maestros y familiares comenzaron a irse del país.

Fue una época también muy enriquecedora para mí porque Carlos estaba enfrascado en terminar su historia de Cuba, de la que ya había escrito la parte de la Colonia, que mi madre había logrado sacar en forma de manuscrito cuando salimos del país, y faltaba la parte de la República. Entonces empecé a acompañarlo todos los sábados a la Biblioteca del Congreso en Washington para ayudarlo con sus investigaciones. Creo que fue cuando más a fondo conocí a mi segundo padre y cuando me inculcó un amor obsesivo por Cuba, y en especial por la República. También ese primer año escribía desde Washington una columna para el periódico del Ruston (que todavía no habían confiscado) contándole a mis compañeras mis experiencias de vida en la capital norteamericana. En aquella época lo más importante para mí era recibir cartas de Cuba y el cartero se había convertido en el personaje más esperado de mi vida.

Recuerdo que empecé a hacer trabajitos para ganar mi propio dinero y no convertirme en una carga para la familia. Vendía de puerta a puerta productos de la marca de cosméticos Avon y hasta me pagué un curso de mecanografía y taquigrafía, por iniciativa propia, y sin que mis padres me pidieran que hiciera estas cosas.

- ¿En qué momentos te das cuentas de que el regreso era imposible y qué decides entonces?

Tras la invasión frustrada de bahía de Cochinos en 1961, nos dimos cuenta de que el regreso a Cuba se alejaba cada vez más. Entre tanto, Carlos consiguió un trabajo en Nueva York y para allá nos mudamos. Mi novio, Jorge Clavijo, logró salir de Cuba y nos casamos en Nueva York en 1962. Como la ciudad no nos gustaba para criar a nuestros hijos, cuando salí en estado decidimos mudarnos para Silver Spring, Maryland, en las afueras de Washington. Allí encontramos un apartamento donde vivía mi hermana Lucia con su familia, en un edificio repleto de cubanos al que llamaban jocosamente “Pastorita”.

Yo siempre digo que fue en “Pastorita” en donde empezó realmente mi exilio. Allí conocí una Cuba a la que nunca tuve acceso en La Habana. Y no lo digo con ningunas ínfulas, sino porque había gente muy variopinta y porque comenzamos a sentir por primera vez lo que era la escasez. Mi primera hija, Uva de las Mercedes, nació en ese periodo, el 10 de diciembre de 1963, y mientras ella dormía yo vendía suscripciones para una revista, un trabajito con el que ganaba unos 13 dólares al mes para comprarle la leche.

Siempre dicen que la Revolución lo igualó todo en Cuba, pero yo añado que el exilio también. Empecé a trabajar cuando la niña cumplió los 4 meses. Vino mi suegra de Cuba en 1966 a vivir con nosotros y, mientras tanto, en “Pastorita”, vivíamos como en una beca, haciéndonos favores unos a otros. Imagínate que mi hermana y yo, nos convertimos un poco en las alcaldesas de aquel lugar, ya que éramos las únicas que hablábamos inglés y acompañábamos a todo el mundo en sus gestiones, exámenes para conducir, rellenado de papeles, etc.

- ¿Y la literatura y las artes? ¿Seguiste interesada durante ese periodo?

Por supuesto. Aunque había empezado el College tuve que dejarlo en 1969 por el nacimiento de Cristina, mi segunda hija. En 1970, compramos nuestra primera casita en Silver Spring y, cuatro años después, nos mudamos para Rockville, en donde con unos amigos constituimos el grupo de Pro-Arte. Allí hacíamos veladas culturales, invitamos a Carmina Bengurría para que declamara, a la soprano Marta Pérez, montamos piezas de teatro que yo misma escribía. También en esos años trabajé por los presos políticos cubanos en el proyecto “Of Human Rights”.

Mi primer libro lo había publicado en las ediciones Playor de Carlos Alberto Montaner en 1972, se titulaba Eternidad y estaba prologado por el escritor Eugenio Florit. Luego en 1976 publiqué el siguiente, Ni verdad, ni mentira, un libro de cuentos.

Viajaba a Nueva York con frecuencia donde funcionaba el Centro Cultural Cubano en cuyas actividades participaba. Fue la primera vez que encontré a personas de mi generación con mis mismas inquietudes literarias. Entre ellos, Iván Acosta, Ileana Fuentes, Omar Torres. Eugenio Florit, a quien conocí en esa época, me dijo un día que mi prosa era mejor que mi poesía, cosa que es totalmente cierta. Con todo, en una comida en casa del escritor Omar Torres, leí un poema mío titulado Biografía interior y cuando terminé, Florit se levantó y muy solemnemente me besó en la frente y me dijo: “Poeta”. No me lo creí mucho (para mí una cosa es escribir versos, y otra, muy seria, ser poeta), pero me halagó porque él era en ese momento el padrino de los escritores exiliados jóvenes nacidos en la década de 1940.

Uva de Aragón con el escritor Eugenio Florit  FIU 1991

- Mencionaste tu labor en “Of Human Rights”. ¿Perteneciste a otros grupos anticastrista?

Como no. En el “high school” pertenecí a una liga anticomunista y con otros exilados cubanos marché en Washington en muchas protestas. Una vez frente a la Embajada Rusa con un frío que pelaba. Años después formé en Silver Spring un “Club Patriótico.” Le di el nombre de Narciso López porque de niña me había impresionado mucho que muriera por garrote vil.  En “Of Human Rights” aprendí mucho de Elena Mederos, que había sido feminista y de la dirección del Lyceum. Pero fue en Miami que estuve más activa, primero en la organización de los Congresos de Intelectuales Cubanos Disidentes que comenzaron en París en 1979. Más tarde me sumé a la Junta Patriótica Cubana, presidida por Tony Varona, un viejo político con fama de brusco por su gran corazón y amor por Cuba.  Finalmente formé parte de la Unión Liberal Cubana, que fundó Carlos Alberto Montaner, y fui de las 12 personas que firmaron la Declaración de Madrid de la Plataforma Democrática Cubana en 1991, un esfuerzo quijotesco de llevar al régimen cubano a la mesa de negociación. Nada de esto prosperó, aunque no me arrepiento de mis actividades. Cada momento requiere distintas obligaciones.

Beatriz Lugriz de Zéndegui, Sara Hernández-Catá y Uva de Aragón, Madrid, 1975

- ¿En qué momento decides establecerte en Miami y por qué?

A mí Miami nunca me atrajo mucho. Encontraba chabacano aquello de ir a merendar al Versailles y que una camarera te dijera: “¿Qué te pongo, mi amor?”. Pero a mi esposo se le metió entre ceja y ceja que en Miami iba a tener éxito económico y, ante tal vaticinio, no pude negarme a acompañarlo.

Entonces nos mudamos en 1978 y lo primero que hice fue inscribirme para terminar mis estudios tantas veces interrumpidos, pues a pesar de que tenía una cultura general bastante vasta me sentía como un tablero de ajedrez con espacios iluminados y otros grandes huecos negros. Necesitaba organizar estructuralmente mis conocimientos y todo lo que, de una forma u otra, había aprendido de manera caótica.

En 1980 me concedieron una Beca Cintas gracias a la cual pude publicar mi poemario Entre semáforos, cuyo título debo al escritor Miguel Sales a quien, recién salido del presidio político en Cuba, le comenté que, por falta de tiempo, escribía manejando, “de semáforo en semáforo”. Y él enseguida saltó y me dijo: “Ése es el título”. Luego publiqué otro poemario, también en ediciones Universal, titulado Tus ojos y yo. Toda mi obra de la década de 1970 y 1980 aparece con mi nombre de casada: Uva A. Clavijo. Como sabes, luego he publicado muchos más libros e incluso algunos han sido traducidos al inglés.

- ¿Cuándo comienzas a trabajar en el Instituto de Investigaciones Cubanas (CRI) de la Universidad Internacional de la Florida y en qué condiciones?

Este instituto fue creado en 1991 por Lisandro Pérez en un contexto en que se consideraba necesario emprender investigaciones con miras al postcastrismo y la transición cubana que todos esperaban tras la caída del muro de Berlín. Yo había trabajado en el Departamento Relaciones con la Prensa y, luego, en la misma Universidad como asistenta ejecutiva de Modestos Maidiques, su rector. Cuando finalmente defendí mi tesis doctoral sobre la obra de mi abuelo Alfonso Hernández-Catá y obtuve mi Ph.D  o doctorado en 1991, busqué otros horizontes en FIU. Mi idea era entrar de profesora en el Departamento de Lenguas Modernas, pero no pudo ser…

En 1995 empecé a trabajar en el Instituto de Investigaciones como subdirectora en lo que considero el mejor periodo de mi vida profesional porque estaba en lo que me gustaba y podía desarrollar el amor que siempre tuve por obtener y divulgar información acerca de Cuba. Además, con Lisandro Pérez sentía que tenía a un colega y no a un jefe. Allí trabajé hasta el 2011 en que me jubilé, aunque ya Lisandro no era el director.

- ¿Fue en el seno de este Instituto que maduraste tu decisión de regresar a Cuba, de visita, 40 años después?

La realidad siempre supera la ficción. La primera vez que intenté regresar a Cuba, fue por un pedido especial, en 1996. Te cuento.

En octubre de 1996, me llamó la poetisa santiaguera Pura del Prado, de la que no tenía noticias desde hacía algún tiempo, y le comenté que acababa de publicar un libro de poesía y que antes de que terminara el mes se lo iba a llevar., pero a los tres días Pura murió. Me había llamado para despedirse. Estando en su funeral, el René, su hijo menor, me dijo que su madre había pedido ser enterrada, de cuerpo completo, en Cuba y que él estimaba que yo era la persona indicada para acompañarlo en ese viaje a un país en el que nunca había estado.

Yo me quedé un poco atónita, y no le di mucha importancia, pero a los dos días, René volvió a comunicarse conmigo para decirme que el cuerpo de Pura estaba congelado, esperando por mí para el viaje. Se lo comenté a Lisandro Pérez quien me dijo que aquello era una locura. Yo nunca había vuelto a Cuba, René tampoco. Ir en esas condiciones, en un viaje que iba a ser como la película Guantanamera pero al revés, o sea, de La Habana a Santiago de Cuba. Así y todo, yo insistí en ir y Lisandro intentó conseguirme la visa a través de la Universidad de La Habana. No le dije nada a mi madre, estaba muy nerviosa y el único preparativo que hice para ese supuesto viaje, fue comprar diez carretes de fotos. Pero me negaron la visa con la excusa de que yo no era pariente de sangre de Pura. Su hijo me llamó de Santiago el día que la enterró.

Supe, extraoficialmente, que me habían negado el permiso porque escribía para el Diario Las Américas, tenía programa por Radio Martí y era amiga de Carlos Alberto Montaner. Entonces aquella prohibición de regresar a mi país me indignó tanto que me empeñé en llevarles la contraria, como suelo hacer siempre. Una cosa es que tú no quieras o no pienses ir a tu país, pero otra cosa es que te nieguen el derecho de hacerlo.

Entrevistando al escritor Mario Vargas Llosa en la FIU en Miami

- Entonces, ¿conseguiste levantar la prohibición?

Debo decir que el programa de teníamos en el CRI incluía visitas de académicos y escritores cubanos que venían invitados a la Universidad para dar charlas o participar en eventos. Esto fue fundamental para que yo pudiera desmitificar la imagen que tenía de Cuba como “Imperio del mal” y, en parte, separar al gobierno del resto del país. Veía que venían profesionales muy capaces, con muchos conocimientos sobre los temas que trataban, y eso me permitió ponerles un rostro a todos aquellos que, por razones diversas, se habían quedado en la Isla. Además, me di cuenta que pese a las vivencias tan distintas teníamos mucho en común y que podíamos entendernos. Creo que a ellos les sucedía lo mismo.

Incluso, muchos de ellos se sentían apenados porque, en mi caso, me prohibían entrar en el país, siendo yo una de las que trabajaba para tender puentes y lograr invitarlos a ellos. Me decían que me iban a invitar y yo siempre les respondía que ni perdieran su tiempo. El caso fue que, después de mucho insistir y de que ellos mismos acudieran a personas más influyentes, me quitaron el famoso veto, y pude ir tres años después, en 1999.

- ¿Qué tiempo estuviste y qué hiciste en esa primera visita?

Fui con mi hermana Lucía y nos pasaron cosas increíbles, dignas de un país como Cuba, completamente surrealista. Lo primero que hicimos fui ir a la tumba de mi padre y de mi abuelo Alfonso Hernández-Catá en el Cementerio Colón. El pariente que nos llevó temía que yo no supiera dónde estaba la tumba de mi abuelo y se quedó muy sorprendido cuando supe guiarlo, como si yo hubiese estado en el país, visitando ese sitio, durante los últimos 40 años. Ese mismo día fuimos a visitar nuestra casa en Miramar, convertida en embajada de Serbia después del desmembramiento de la antigua Yugoslavia, pero era sábado, estaba cerrada y no pudimos entrar.

Otro día estuvimos en La Sierra, en casa de mi abuela y de mi tía Sara, y cuando llegamos había una muchacha joven barriendo el jardín exterior. Nosotros no sabíamos en qué había parado esa casa, nunca más habíamos tenido noticia de quiénes la vivieron y cuando mi abuela y tía se fueron de Cuba dejaron allí a alguien que se llamaba Estrellita, que trabajaba para ellas. A esa joven le preguntamos si allí vivía Estrellita. Entonces paró de barrer, nos miró, y salió corriendo y gritando: “Mami, corre, ven, que aquí están Uvita y Lucía”. De más está que te diga que nos quedamos petrificadas. Cuando entramos todo estaba en su lugar, los muebles, los libros de los estantes, los adornos, todo, lo habían cuidado con esmero durante esas cuatro décadas de ausencia. Incluso cuando regresamos días después nos sirvieron un flan en los platos de una vajilla preciosa que mi abuela había comprado cuando su esposo era Embajador de Cuba en Brasil y que ellos solo usaban en ocasiones muy especiales. A través de los últimos años he regresado muchas veces y los ocupantes de esa casa se convirtieron en mi familia en La Habana.

En otra ocasión fuimos a la Plaza de Armas, en La Habana Vieja, donde vendían libros de ocasión, y allí vi uno titulado Cuba en la mano, impreso en 1940 por la imprenta Ucar, García y Cia, una especie de Larousse cubano. Cuando lo abrí, no lo creerás, pero lo hice en la letra A exactamente en la biografía de mi padre Ernesto de Aragón. Ese mismo día fuimos a La Bodeguita del Medio porque nuestro primo que nos servía de chofer quería invitarnos a tomar algo. Nos sentamos en la barra y atraída por una vitrina en que había fotos, me levanté, me dirigí hacia ella y entre las fotos que exponían había una de los años 1950 en la que figuraba mi tía Sara Hernández-Catá, junto a Nicolás Guillén y otras personas.

A mí el CRI me había dado varias cartas para entregarlas a académicos cubanas y una de ellas tenía ls dirección de la casa en vivíamos cuando mi hermana Lucía y yo nacimos, y en donde mi padre tenía su consulta, en la calle 23 del Vedado. No habíamos olvidado aquel sitio, pero sí algunos detalles como una puerta que daba acceso a la oficina de mi padre, que nos emocionó mucho verla. Además, cuando nos recibió el destinatario de la carta en ese mismo despacho, las raíces de los árboles habían levantado el suelo de modo que invadían el espacio. Era como si nuestras propias raíces no estuvieran recibiendo. Fue tan impresionante todo que mi hermana y yo ni nos mirábamos por miedo a romper en llanto allí mismo. Es más, ni le dijimos al señor que aquella había sido la casa de mi padre y su consulta. Nos fuimos enseguida por pudor a mostrar todo lo que sentíamos.

- ¿Y todo eso en una sola semana?

Y más también, espera. Otro día di una conferencia en la facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, a la que asistió Salvador Bueno, que era alguien con quien había tenido intercambios porque había escrito sobre mi abuelo en sus ensayos. Además, él y su esposa Ada eran amigos de mi tía Sara, de quien nos hicieron divertidas anécdotas. Luego nos llevaron a un sitio en la Colina para que Delio Carrera, el historiador del campus, nos sirviera de guía. Cuando nos preguntó si éramos las hijas de Uva Hernández-Catá nos dijo que él tenía a mi madre por la mujer más bella de La Habana, y que la había conocido en los años 1950. Yo pensaba que todo aquello era pura zalamería para agradarnos, pero resulta que nos contó que él había estado en nuestra casa, camino del Balneario Universitario, en donde solía bañarse, y que mi madre le había preparado unos exquisitos emparedados de jamón y queso estilo croque monsieur francés. Entonces no me quedó más remedio que creerle porque realmente lo único que mi madre sabía hacer en la cocina en esa época eran esos famosos emparedados que había aprendido a preparar durante su estancia en París. Luego, en el exilio, se convirtió en una excelente cocinara.

También visitamos el colegio Margot Párraga, aquel lugar de recuerdos no tan gratos, y contradictoriamente fui yo quien rompió a llorar cuando me vi en el sitio y en la pieza en que había aprendido a leer, ocupada ya en esa época por la sede del Ballet Folklórico.

Mi hermana y yo nos fuimos turnando durante todo ese viaje para llorar como magdalenas. Y el colmo de todo fue cuando Villamil, el chofer que nos llevaba a todas partes, nos condujo a la playa La Veneciana, después de Guanabo, en donde mi padre había alquilado una casa de verano los dos últimos años de su vida. Los últimos recuerdos que teníamos de él antes de enfermarse eran en ese lugar. Por el camino, el chofer me preguntó si yo hablaba por la radio desde Miami, pues mi voz le era conocida. Resultó que me había oído por Radio Martí al igual que a otras personalidades del exilio. Llegamos a La Veneciana y allí encontramos la casa completamente destartalada y convertida en solar, y entonces las dos magdalenas nos pusimos de acuerdo para llorar, esta vez, al unísono.

El último día, Villamil quiso llevarnos por iniciativa propia a un sitio que, con el tiempo y en viajes sucesivos, he visitado como un ritual la tarde antes de mi partida cada vez que he vuelto a La Habana. Era el Cristo de Jilma Madera en la orilla este de la bahía. Era el atardecer y nunca imaginé ver una vista tan linda de esa maravillosa ciudad. Pues desde allí se puede contemplar solo su perfil y no las llagas de tanto abandono y desidia, algo que permite soñarla en su conjunto sin entrar en los detalles. Años después he pensado que La Habana es como mi madre. Al final de la vida, perdió una pierna. Y aún con el ropón del hospital, amputada y sin maquillaje, siguió siendo una gran dama y mi madre.  La Habana de la misma forma pese a todo es una gran ciudad y mi ciudad.

- ¿Qué impresión final de todo aquello después de aquel decisivo reencuentro con tu tierra? ¿No sentiste que incumplías con la condición de exiliados tuya y de tus propios padres?

A mi segundo padre, Carlos Márquez Sterling, le debo que me enseñara a separar el gobierno cubano y Cuba, criticar a uno y amar al otro. Yo sentí, en cada una de esas experiencias, que mi tierra me reconocía. Vi una ciudad de contrastes en la que todavía quedan cosas hermosas, aunque en realidad lo malo me impresionó menos que a mi hermana porque gracias al CRI tenía una visión de la Cuba actual mucho más cercana a la realidad, ya que la estudiaba a través de películas, reportajes y estudios recientes.

Por otra parte, decidí seguir viajando a Cuba, además de que fuera parte de mi trabajo en el CRI, por dos razones fundamentales. La primera es que daba alivio a personas de allá que necesitaba de todo. Mi padre era médico y siempre me enseñó a estar cerca de la gente de a pie. El cobraba bien en su práctica privada pero atendía gratis en el Calixto García. Recuerdo perfectamente que los pacientes le hacían regalos de todo tipo. Las señoras objetos costosos, pero las mujeres pobres venían con dulces, viandas y cosas que estaban a su alcance. Entonces mi padre me mostraba esas pequeñas cosas y me decía: “Estos son los regalos que cuentan más porque vienen de personas que se sacrifican para ofrecérmelos”. Quiero con esto decir, sin que por ello parezca que me echo flores, que siempre he estado con los de abajo. También lo aprendí de Carlos, y de Martí “Con los pobres de la tierra, /quiero yo mi suerte echar”. En fin, siempre iba a Cuba cargada de medicinas, ropa, todo tipo de cosas, desde un filtro para el agua hasta una lima, una rueda para una bicicleta y globos para una fiesta de quince.

Y la segunda razón de mis viajes fue porque quise reclamar mi porción de patria literaria como escritora cubana, dar conferencias de temas que allí no se abordaban. No solo pude publicar y prologar una selección de cuentos cubanos de mi abuelo, sino que gracias a Vitalina Alfonso, Ediciones Holguín publicó en 2016 una selección de mis artículos periodísticos en Diario Las Américas. ¿Te imaginas?, nada más y nada menos que en el “Diario”, que como sabemos siempre ha sido un periódico conservador. Si te recuerdas una de las razones que la primera vez me negaron la entrada a Cuba fue por mis columnas en ese periódico. No sé cómo otros lo verán, pero para mí eso es una victoria.

Otro ejemplo fue mi conferencia sobre las mujeres cubanas en el exilio, con esa palabra, “exilio”, que comencé explicando que no había que tener miedo a las palabras. Allí, por ejemplo, le expliqué al público quién era Mirta de Perales, una exitosa cubana que había tenido su propia peluquería en La Habana y que, en el exilio, había triunfado en ese mismo ramo. Entonces alguien del público me interrumpió y dijo algo como que no estaba diciendo la exacta realidad. Yo me asusté porque pensé que allí mismo, alguien afín a la censura del gobierno, iba a darme un mitin de repudio. Pero resultó que la persona me dijo: “Usted se equivocó porque, en verdad, Mirta de Perales no tuvo una peluquería en La Habana, sino dos”. Cuba siempre me sorprenderá…



- Ahora que ha pasado el tiempo y después de haber estado varias veces en la Isla, ¿qué piensas del futuro?

No voy a hacer predicciones porque me he equivocado siempre en todas. A pesar de que Cuba ha sido un constante sufrimiento para mí desde los 12 años no quisiera ser otra cosa que cubana. Me gustaría pensar que todavía esa isla tiene salvación, pero cada día me pesa más y no veo cómo ni por dónde pudiera salir a flote. En la vida he tenido muchas alegrías: mis libros, mi trabajo, mis hermanos, mis hijos y nietos (pronto un bisnieto), buenos amigos. Y una enorme tristeza que es Cuba, esa herida que no sana. Desafortunadamente, ya no tengo ilusiones con respecto a ella. Hasta hace unos años el daño era físico. Hoy en día es de naturaleza antropológica. Me he pasado la vida soñando una Cuba mejor, pero esa visión actualmente se me nubla, se me fuga… Y no sabes cuánta tristeza me da reconocerlo.

París/Miami, febrero de 2023.