Entrevisto en Madrid a la arquitecta hispanocubana Clara Caballero, bisnieta de Juan Gualberto Gómez.
Ver enlace directo: Entrevista a Clara Caballero, por William Navarrete
"El gobierno castrista ha borrado o cambiado la historia. Restituir la verdad es importante"
(El escritor
William Navarrete entrevista a la arquitecta Clara Caballero Caraballo)
A Clara Caballero
no me la presentó nadie, asistió por invitación de un entrevistado a la
presentación en noviembre de 2025, en Madrid, del primer tomo de Como el ave
fénix. 50 entrevistas de Cuba en exilio, que compiló para este medio las
primeras cincuenta entregas de esta serie.
Luego, como
sucede casi siempre en el ámbito del exilio cubano, nos dimos cuenta de que
conocíamos a muchas personas en común y continuamos frecuentándonos hasta que
nos encontramos recientemente, y al margen de la Feria del Libro de Madrid, en
el restaurante de comida cubana Borax, sito en la calle Pelayo del barrio de
Chueca. Allí, y luego en la terraza de la azotea del mercado San Antón, me
contó a grandes rasgos aspectos relevantes de sus orígenes y de su vida, tanto
en Cuba como en España.
Clara desciende
del ilustre patriota cubano Juan Gualberto Gómez, una personalidad pública que
sus contemporáneos llamaron “El gran ciudadano”. Fue uno de los principales
líderes independentistas cubanos junto a José Martí, Máximo Gómez, Antonio
Maceo y Guillermo Moncada. Juan Gualberto, por su relevante labor durante la redacción
de la Carta Magna, su incansable defensa de por los derechos de la población
negra, su firme postura antianexionista y sus aportes cívicos durante las tres
primeras décadas de la República, fue condecorado por Gerardo Machado con la
orden Carlos Manuel de Céspedes en el grado de Gran Cruz de Oro.
Pero como mismo
Clara apuntó durante nuestra conversación, son muchos los jóvenes cubanos de
hoy día apenas saben de él más allá de que fue amigo de Martí. Las generaciones
de las décadas de castrismo han creído que el régimen eliminó el racismo en
Cuba y que los barbudos le dieron todo a los negros. La propaganda y la
reescritura de la Historia han anulado la existencia de élites negras integradas
por prestigiosos veteranos de guerra, políticos, intelectuales del mundo
académico y cultural, así como profesionales de diferentes ámbitos, que tenían
sus sociedades y clubes como el Club de Atenas y que eran parte de la clase
media cubana con holgados recursos económicos.
Mejor que sea
esta cubana que ha vivido casi cuatro décadas en la capital española quien nos lo
cuente de primera mano.
Ya sé que
la genealogía correspondiente a tus orígenes en Cuba promete ser complicada.
Empecemos entonces por el lado materno para ponerle orden al desorden, como
decía nuestro amigo, el pintor también exiliado en Madrid Waldo Díaz-Balart…
Mi madre,
Encarnación Caraballo Jiménez, nació en 1933 el seno de una familia mestiza cienfueguera.
Su padre, Dimas Caraballo Marrero, era nieto de Margarita, una negra esclava de
la casa Caraballo y de un campesino blanco llamado Alejo Althares, por lo que
su padre Gregorio Caraballo tuvo que llevar el apellido de la casa esclavista y
no el Althares genético.
Mi abuela
materna, Ángela Jiménez Palma, también cienfueguera, era nieta por los dos
linajes de mestizas criollas casadas con descendientes de españoles. A su padre,
Enrique Jiménez, le conocí bien porque vivió hasta 1968 y falleció en un asilo
de la Calzada del Cerro. Era un hombre alto, rubio y de ojos claros. Mis abuelos
Ángela y Dimas emigraron a La Habana con sus cuatro hijos (la pequeña era mi
madre), y ya en capital nació su último hijo, en 1941. En una carretilla mi
abuelo ejercía el oficio de cerrajero en el mercado de Cuatro Caminos hasta que
montó su propia cerrajería en la curva pronunciada de la calzada de Diez de
Octubre cerca de la esquina de Tejas. La casa familiar se encontraba en Santos
Suárez. Mi abuelo Dimas era muy católico y practicante, fiel de la iglesia de
Reina, y dirigía un Club juvenil de recreo y de catequesis para matrimonios en la
calle San Nicolás, en el barrio chino de La Habana. En la segunda planta de este
mismo centro tenía su vivienda. Por el linaje materno de los Caraballo Jiménez,
la familia que había progresado y vivía de la cerrajería. Al triunfo de la revolución
dos de sus hijos se fueron para Nueva York, y cuando el gobierno castrista le
confiscó y cerró todo abandonó el país con mi abuela en 1963.
Mi madre también
quiso partir al exilio, pero no pudo hacerlo porque tenía tres hijos de 8, 9 y
10 años, y el padre de éstos estaba en México. Para sacar a los menores del
país se requería la autorización del progenitor, y mi padre no la autorizó.
De Nueva York mis
abuelos maternos pasaron a Miami y allí, en la calle Ocho de La Pequeña Habana abrieron
la cerrajería Caraballo Locksmith que aún existe y está en manos de un primo. Mi
tío Joseíto, el hijo menor de mis abuelos maternos, también cerrajero, emigró en
1970 a Miami y montó con esposa la cerrajería Althares, apellido que siempre reivindicaba
mi abuelo Dimas en evocación al apellido de su padre biológico.
Aunque mi padre
estaba en México, teníamos apoyo material y económico de la familia paterna (Caballero
Edreira), pues tanto las dos hermanas de mi padre, Clara y Angelina, profesionales
de la educación que vivían en Nueva York y Chicago respectivamente, llamaban
por teléfono a menudo y a me escribían muchísimas cartas por lo que desde niña
mantuve una comunicación epistolar con la segunda de ellas. Apoyaban a mi madre
enviando varias veces al año tres grandes cajas con todo lo que comenzaba a escasear
en Cuba (sábanas, ropa, zapatos, telas, lápices, bolígrafos, cuadernos, objetos
y enseres domésticos) y mis abuelos paternos, por su parte, proveían el sustento
económico. Mi madre recibió mucha ayuda familiar al quedarse al sola con tres
hijos sin saber desenvolverse en el ámbito doméstico.
Aunque mis
abuelos paternos tenían casa en la playa de Baracoa, a mi madre le gustaba que
veraneáramos en la de Bacuranao, en forma de herradura, con paseos arbolados y muy
bonita vegetación, con zonas rocosas, y menos peligrosa que Baracoa. El
restaurante de grandes ventanales de cristal frente al mar era muy agradable.
Pasemos
ahora a la rama paterna, la de Juan Gualberto Gómez, para la cual vas a tener
que hacerme un croquis para que no me pierda…
Mi padre, Octavio
Caballero Edreira, nieto de Juan Gualberto, nació en 1927 en Mayarí cuando mi
abuelo José Antonio era juez en ese pueblo. Su madre, Angelina Edreira
Rodríguez, hija natural de Juan Gualberto, era profesora normalista y tenía la posibilidad
de cambiar de destino y acompañarle en sus destinos.
Mi abuelo José
Antonio Caballero Gaínza, nació en Trinidad en junio 1890, en la antigua casa
situada donde el Padre Las Casas ofició la primera misa al fundarse la villa. Domingo,
el padre de mi abuelo, era el hijo único de un adinerado español de porte
distinguido. Su madre, era una cubana criolla típica de tez morena. En 1907, al
fallecer su padre, se trasladó a la Habana, se hizo sastre, ganó dinero y entre
1910 y 1922 trabajó en distintas oficinas del Estado. En 1919 comenzó a
preparar su ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y obtuvo el
título de bachiller en Letras y Ciencias. En 1923 se casó con mi abuela Angelina
y en 1925 se graduó de doctor en Leyes en La Universidad de La Habana. Se
presentó a las oposiciones para cubrir plaza en la carrera judicial y al
ganarlas fue designado juez municipal en el distrito de Mayarí, donde desempeñó
el cargo de 1927 a 1928. El abuelo “Ñico”, por ser negro, nunca pudo oficiar en
La Habana quedando luego como juez del pueblo de Bauta. Era masón, afiliado al Club
de los Rotarios de Bauta y a las actividades de la Asamblea Rotaria de Occidente
como otras actividades de La Gran Logia de La Habana.
En la casa en que
nació en Trinidad, vivieron siempre los descendientes de Caballero hasta que en
la década del 2000 el gobierno priorizó el turismo y se la cambiaron por un
apartamento en un edificio de microbrigradas para convertirla en un restaurante
turístico.
Mi abuela
Angelina Edreira Rodríguez fue la hija natural primogénita de los tres hijos de
Juan Gualberto Gómez y de Angelita Rodríguez, y su novia cuando ejercía como modista
de la juventud.
¿Puedes
contarnos un poco de los primeros años de vida de Juan Gualberto de su numerosa
y dispersa descendencia?
Se sabe que Juan
Gualberto nació en Sabanilla del Encomendador, municipio que lleva su nombre,
en la provincia de Matanzas. Hijo de Fermín Gómez, pardo claro (como se decía
en la época) de nariz recta y ojos claros y de Serafina Ferrer parda clara (“lavada”,
como se decía entonces), esclava en un ingenio de Alquízar y comprada para que
se casara con Fermín. Ambos eran esclavos domésticos de Catalina Encinoso de
Abreu y Gómez, propietaria del pequeño ingenio Vellocino, en el que nació libre
Juan Gualberto por haber sido comprada su libertad desde el vientre materno. Posteriormente,
sus padres compraron su propia libertad a un precio reducido y en 1864, cuando
Juan Gualberto tenía 10 años, se trasladaron a La Habana para que el joven estudiara
en la escuela de Los Desamparados, del notable maestro negro Antonio Medina
Céspedes.
La Guerra de los Diez
Años empezó a extenderse a Occidente y sus padres, para protegerle, lo envían a
los 14 años a París a los famosos Talleres de los Hermanos Binder conocidos como
los “Príncipes de la Carrocería”, para que aprendiera el arte de hacer
carruajes. Al año siguiente, cuando sus padres le visitan acompañando a su
antigua propietaria Catalina Gómez, les informan que Juan Gualberto era muy
inteligente y que con lo que pagaban podían financiarle estudios superiores.
Entonces lo matricularon en la Escuela Monge de París (construida en honor al prestigioso
matemático, político y masón Gaspar Monge, creador de la geometría descriptiva),
en donde se preparaban los futuros ingenieros y arquitectos de Francia.
Durante los tres
años que estudió en la Monge, se relacionó con la colonia antillana de París y
con muchos independentistas cubanos. Fue traductor y secretario de Francisco
Vicente Aguilera, presidente de la República en Armas y del general Manuel de
Quesada cuando llegaron a Francia para recabar fondos para la guerra de 1895. También
vivió los acontecimientos de la Comuna de París. Su vínculo con Comité
Revolucionario Cubano en Francia le permitió conocer y sensibilizarse con los temas
relacionados con la política nacional, y el haber vivido el derrocamiento de
una monarquía le fue de mucha utilidad al participar luego en la primera
Constituyente cubana de 1902.
En 1874 sus padres
no pudieron seguir pagando sus estudios, y en vez de regresar a Cuba decidió
quedarse en París donde se hizo periodista, comenzando por crónicas teatrales
hasta especializarse en las polémicas de la política francesa. En París conoció
al músico cubano Brindis de Salas quien lo contrató como empresario para su
gira por México donde se encontró a Nicolás Azcárate en el hotel en que se
alojaron, un personaje que luego, en 1878, le presentó a José Martí, cuando ya todos
estaban en Cuba de regreso, tras el Pacto del Zanjón.
Juan Gualberto y
Martí compartieron experiencias políticas, ideológicas y culturales similares por
sus vivencias europeas. Martí había pasado por París en los años en que Juan
Gualberto vivió allí, y se había relacionado con el ambiente de cultura en que
se desenvolvía Juan Gualberto para escribir sus crónicas, algo que favoreció la
conexión entre ambos, por lo que rápidamente comienzan a conspirar contra el
poder colonial hasta que caen presos.
Tengo
entendido que tiene que salir muy pronto al exilio…
En efecto,
aquellas conspiraciones culminaron con su detención y su deportación a la
Península, en 1880. Nicolás Azcárate le recomendó que le escribiera al político
y abolicionista Rafael María de Labra, quien, sin conocerlo, tramitó su
traslado a Ceuta y posteriormente a la Península.
¿En qué
momento conoce a tu bisabuela Angelina?
Durante los dos
años de conspiración en La Habana, Juan Gualberto mantuvo un noviazgo y relación
de complicidad política con mi bisabuela Angelita, modista habanera pupila de
una costurera francesa. Al ser deportado a Ceuta dejó en Cuba a sus padres, a
su novia y a Epifanía, su hija primogénita y fruto de una relación con Epifania
Vegnier, a la que dedicó el bello poema de la Cana temprana. Luego, ya
en Ceuta, tuvo a Vicente y Mercedes con la ceutí Asunción Haro. Y se unió a la
viuda andaluza Manuela Benítez Mariscal que había perdido, además, a dos hijos
a causa de la disentería quedándole de su matrimonio solo una niña. Con Manuela
tuvo cuatro hijos, uno en Ceuta, otra en Madrid (Juan Eusebio y Juana) y luego de
su regreso a La Habana en 1890, dos niñas más (Manuela María y Alejandrina).
¿De cuáles
de los hijos de Juan Gualberto Gómez desciendes entonces?
Desciendo de
Angelina Edreira Rodríguez, la primogénita de los tres hijos que tuvo con
Angelita Rodríguez, su novia de la juventud en sus años de conspiración con
Martí, a quien ya mencioné. Cuando él regresa a La Habana en 1890 se
reencuentran. Para entonces, Angelita había heredado el taller de costura de su
mentora francesa y durante el exilio de Juan Gualberto se había casado con el
español Sebas Edreira, con quien había tenido cuatro hijos.
Mi bisabuela Angelita
se había separado de Edreira, pero no divorciado porque el divorcio no existía
entonces. Por ello mi abuela y los otros dos hijos tuvieron llevan el apellido
Edreira. Instaurada la República, Juan Gualberto quiso reconocer a todos sus
hijos y lo hizo con Epifanía y los de Ceuta, pero Angelita prefirió que todos
sus hijos llevaran el mismo apellido. Los hijos que había tenido con Edreira quisieron
a Juan como a un padre, e incluso Oscar le pasaba una mensualidad en los
últimos años. La relación entre Juan Gualberto y Angelita (que no se debe confundir
con su hija Angelina) era también de complicidad y responsabilidad
sociopolítica. Cuenta la memoria familiar que Angelita aconsejó a Juan
Gualberto para que se casara con su mujer gaditana, Manuela Benítez Mariscal, antes
de levantarse en armas. Así lo hicieron justo tres días antes del levantamiento
de Ibarra en 1895.
Mi bisabuela Angelita
y sus padres conocieron a Martí. Lo cuenta Jorge Mañach en la biografía de Martí.
El Apóstol en la que dice que como Martí “se valía de Juan Gualberto para
mantener sus comunicaciones, alguna que otra noche de improviso y por razones
de urgencia Martí acudía a la humilde casita en la que Juan Gualberto se
encontraba visitando a su novia Ángela Rodríguez González, modista” Y Martí “es
tan cariñoso y cortés en sus excusas que la familia se quedaba prendada de él y
a la novia no le importaba que se llevara a su novio”. Y Sergio Aguirre, en su
libro Un gran olvidado, Juan Gualberto Gómez, narra que Ángela Rodríguez
fue la verdadera compañera de los últimos cuarenta años de su larga vida. Por
ello, tras el advenimiento de la República, Ángela recibió el grado de teniente
de la guerra, honor recibido por coser para los mambises durante la contienda.
¿Se hablaba
de Juan Gualberto y de su obra en el seno de tu propia familia? ¿Influyó, por
ejemplo, en los ideales de tu padre?
Siempre. Ya sabes
que a Juan Gualberto lo llamaron “El gran ciudadano”, por su actitud cívica y
sus ideas. Incluso siendo negro se opuso a la guerrita de 1912 conocida como
“la guerrita de los negros”, porque no deseaba que un levantamiento debilitara
a la República. Aclaro que estaba en contra de la guerrita, pero que denunció
la matanza que hubo durante ésta.
Mi abuela
Angelina contaba que, al fallecer Juan Gualberto en 1933, todos sus hijos y
descendientes se reunieron en el funeral. Veinte años después, en 1953, el
gobernador de la ciudad de La Habana, Rafael Guas Inclán, recibió a mi abuela
quien le dijo estas tristes palabras: “Gobernador, la República de fiesta un 24
de febrero y los restos de mi padre, de Juan Gualberto Gómez, están acogidos al
respeto de una archicofradía religiosa que los guarda en una tumba”. Esas
palabras, según el propio Guas Inclán, fueron un latigazo a su conciencia
patriótica y esa misma tarde se dirigió a la Asamblea de alcaldes para que se
votara un crédito para que los restos del patriota tuvieran un sitio digno de
memoria. Fue así como, al año siguiente, 20 años después de fallecido, se le
rindió honor por primera vez en el centenario de su natalicio. Esa es la razón
de las caras sonrientes y llenas de alegría que se ven en las fotos de la
inauguración de su tumba en el cementerio Colón de La Habana.
A mi padre,
Octavio Antonio Caballero Edreira, nieto de Juan Gualberto, lo conocí cuando yo
tenía 24 años. Por razones políticas había escapado de Cuba en una lancha con dos
cubanos más en 1955, pues eran comunistas de la vieja guardia, de los que
realmente militaron en ese Partido antes de que Fidel Castro diera el giro
inesperado después de 1959. Solo llegaron dos a las islas Vírgenes y, mi padre
se fue luego a México, donde obtuvo la nacionalidad mexicana que mantuvo el resto
de su vida.
Nunca más volvió
a vivir en Cuba, y solo fue de visita por un tiempo limitado en 1978 y un par
de veces más en los primeros años de la década de 1980. Cuando salió de Cuba en
1955, dejó cinco hijos con tres mujeres de los cuales tres fueron con mi madre.
Con su primera esposa mexicana tuvo un hijo y con su segunda esposa, también mexicana
y hoy su viuda, una hija. Mi padre conoció a los futuros barbudos en México
cuando organizaban el movimiento 26 de julio y preparaban el desembarco del Granma.
Los rumores familiares cuentan que polemizaron por cuestiones de los bonos del
26 de julio y también tuvo un fuerte desacuerdo, especialmente con Carlos
Rafael Rodríguez, razón por la que nunca regresó a la Isla después del triunfo
de 1959.
Mi padre, siguió
siendo comunista toda su vida. De México emigró como veterinario a España en la
década de 1970. En esos años, la ganadería española estaba más atrasada que la
mexicana y vio un mercado favorable para el pienso que fabricaba. Se convirtió
en mexicano no solo por sus papeles, sino por su pensamiento, acento y
proyección, y mantenía su discurso teórico cubano encapsulado en los años de su
juventud. Fue en Madrid en donde creó, junto a Rosendo Canto, aquellas famosas
brigadas llamadas “Los Maceítos” con las que se pretendió crear un puente entre
los que salieron de Cuba muy pequeños y quienes se habían quedado en la Isla.
Así fue como mi
padre llegó a La Habana, tras 25 años de ausencia, en 1978. Recuerda que, a los
verdaderos comunistas de antes de 1959, como César y Aníbal Escalante, entre
otros, Fidel Castro los acusó en 1966-68 de formar una “microfracción” dentro
del Partido Comunista, juzgándolos y encarcelándolos. Entre las víctimas de
esta represión anticomunista estuvo mi tío José Antonio Caballero, hermano de
mi padre, quien cumplió 20 años de cárcel y estando encarcelado penetraron en
su casa en la calle Sol esquina Cuba y se llevaron todos los documentos, cartas
y fotos familiares en la búsqueda de materiales incriminatorios.
¿En dónde
vivías en Cuba? ¿Qué recuerdos tienes de la infancia y de tu primera
escolaridad?
Nací en 1954 en
una casa a orillas del mar, en la playa de Baracoa, al oeste de La Habana. Era
la casa de recreo de mis abuelos paternos Angelina y José Antonio Caballero,
juez de Bauta, como ya dije. Pero donde realmente pasé mi infancia fue en
Santos Suárez, sobre todo en la casa de la calle Santa Emilia 216, cuyo terreno
habían comprado Juan Gualberto Gómez y Angelita Rodríguez para su hija Angelina
en 1927 cuando estaban en Mayarí. Juan le escribió una carta para comunicarle
que su madre ya había liquidado el terreno a su nombre (conservo copia de esa
carta). Esta casa fue confiscada por el gobierno castrista cuando mi abuela se fue
a vivir a México en 1968. Al solicitar la salida, inventariaron todo lo que
había dentro. La casa se la dieron a una familia negra, muy numerosa, y que no
tenía nada que ver con la nuestra. Lo primero que hicieron fue sacar todos los
libros de la casa y tirarlos a la calle.
Yo vivía entre
esa casa y la de mi otra abuela materna en San Benigno, donde residía mi madre.
Recuerdo que un buen día, regresando del cine con unas amigas, me encontré la puerta
de la casa sellada. Los vecinos me dijeron donde se encontraba mi abuela. Como
solo tenía 14 años y mi madre vivía en la casa de mi otra abuela, no pudimos
heredarla. La ley revolucionaria solo permitía tener una sola vivienda en la
ciudad. A la salida del colegio iba con un amigo a recoger libros que tiraron frente
a la casa y salvé Por Cuba Libre, de Juan Gualberto Gómez, así como Juan
Gualberto Gómez, paladín de la independencia y la libertad de Cuba, de Emilio
Roig de Leuchesenring, el primer ejemplar salido de imprenta que Roig había
dedicado a mi abuela Angelina.
La Habana en los
años 1960, aunque se desmoronaba, era diferente. Por las noches se dejaban los pomos
de cristal de litro y medio litro de leche vacíos en la ventana que daba al
portal y por la mañana el lechero dejaba los llenos. También pasaba el camión con
botellones de agua mineral, el de la tintorería, el limpiabotas recogiendo los
zapatos los viernes y entregándolos los sábados. También recuerdo que en las
bodegas las compras se anotaban y se pagaban con cheques a fin de mes.
En cuanto a mi
escolaridad, comencé en un colegio privado llamado León, que rápidamente
confiscaron después de 1961 y pasé a otro frente al parque de Santos Suárez,
que se llamaba Raúl Gómez Delgado. De estos dos colegios de preprimaria y
primaria recuerdo las fiestas de disfraces y el feo uniforme gris y lo
conveniente que era para aprobar los exámenes de Historia, escribir al final: “Gracias
a la ayuda desinteresada de la Unión Soviética”. Las tareas durante la primaria
me gustaban mucho. Hacíamos maquetas con plastilina y aprendía mucho con mi
abuela, sobre todo Geografía e Historia. Ella me hablaba de la importancia de
las fechas para ubicar y relacionar los acontecimientos. La Geografía me la
enseñaba con las postales de sus viajes a Europa que me ponía a clasificar por países
y a separarlas luego por ciudades y pegarlas después en álbumes.
La secundaria, también
en el mismo barrio, se llamaba José María Heredia. Allí fui monitora de Matemáticas,
Física y Química porque faltaban profesores. La primera mitad de la clase la
trasmitían a todas las escuelas por la televisión, y luego los monitores
impartíamos la segunda parte. Como los profesores nos tenían que dar los
contenidos de las clases anticipadamente, los monitores pasábamos mucho tiempo
en la escuela, pero sacábamos las mejores notas y a mí me venía muy bien,
porque no tenía que estudiar esas asignaturas y podía leer más libros.
No me gustaba el
período en que nos llevaban a trabajar en el campo. Me tocó sembrar caña por
Camagüey, recoger tomates y cocer hojas de tabaco en Pinar del Río. Los
desayunos eran horrorosos, la leche se quemaba y olía ahumada. Recuerdo que me
hacían caricaturas leyendo y escuchando canciones con un radio portátil. Mi instituto
de bachillerato (ya llamado preuniversitario) fue René Orestes O’Reine, en La
Víbora. Lo que más recuerdo es que las chicas negras me decían “piola” por
andar con chicas blancas. También cuando me eligieron para estrellita de carnaval,
pero en la última ronda me hicieron una entrevista con preguntas sociopolíticas
y no las superé. La pregunta más fácil era ¿en qué país de África se encontraba
Fidel en ese momento de gira? Como no lo sabía, les comenté que África era más
grande y con más países que Suramérica.
Mis aficiones
eran los cines de ensayo, sobre todo el Rialto, con ciclos de películas de
autores o temáticas, así como los conciertos de música clásica. Con mi abuelo
paterno veía de niña todos los miércoles un programa de televisión que se
llamaba Violines en la noche, y luego una tía que vivía en El Vedado empezó
a llevarme a conciertos dominicales en el teatro Amadeo Roldán. Cuando se quemó
esta sala los pasaron para la calle Infanta. Ya en esta época, después de los
conciertos, me iba a la playa Santa María del Mar. Recibí también en ese
entonces clases particulares de mecanografía.
¿Llegas a
cursar estudios universitarios?
Sí, a
trompicones, pues me expulsaron en dos ocasiones de la Universidad. Al terminar
el preuniversitario de las tres opciones que se podían elegir (las dos primeras
fueron carreras de letras) me otorgaron solo la tercera (arquitectura), a pesar
de tener el escalafón que pedían. Pero mi expediente “ideológico” –con un padre
en el extranjero y mis abuelos en Estados Unidos–, no me daba ese “derecho”,
según los patrones revolucionarios del momento. Empecé Arquitectura en 1973.
Tres años
después, en 1975, me expulsaron de la Universidad, por una sanción disciplinaria
y me pusieron a disposición del Ministerio del Trabajo. Fue así como terminé de
oficinista en el municipio del Cerro. Estuve trabajando allí hasta 1978 en que,
dado que en el XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, fui elegida
“joven ejemplar” por mi trabajo y aproveché las cartas favorables de
recomendación para retomar mis estudios de Arquitectura en la CUJAE (Ciudad
Universitaria José Antonio Echevarría). Como los planes de estudio habían
cambiado tuve que cursar asignaturas nuevas que habían incorporado: Topografía,
Inglés y Preparación Militar, y otras de quinto año como Marxismo y Comunismo
Científico que habían pasado al primero de la carrera. Pero en 1980 me volvieron
a expulsar.
¿Y esta vez,
por qué razones?
Me expulsaron por
“diversionismo ideológico y por vestir ostentosamente y menospreciar a mis
compañeros”, según lo escrito. Me relacionaba con estudiantes extranjeros y, además, uno de mis tíos, el cerrajero de Althares de Miami, había ido a buscarnos en lancha para llevarse a mi madre por el puente migratorio del Mariel. Mi madre quiso irse, pero su esposo no; y, además, ella criaba a su primer nieto y su padre no autorizaba que lo sacara del país. Yo tampoco quise irme porque quería terminar la carrera de Arquitectura. En fin, ni mi madre pudo irse ni yo pude seguir entonces mis estudios, pues me expulsaron de la universidad.
Pero me has
dicho que finalmente pudiste graduarte de Arquitectura.
Sí. Intercedieron
por mí ante Diocles Torralba para que éste me ayudara. Entonces era el ministro
del Azúcar, y tenía otra visión de lo que estaba pasando en Cuba. Gracias a él
me pusieron a trabajar en la biblioteca del Ministerio, y como no tenía la
formación requerida me enviaron a estudiar Bibliotecología en horarios de
trabajo en el Ministerio de Educación Superior. Al parecer fui muy buena
bibliotecaria y me gradué de Técnico Medio Superior de Biblioteca a los dos
años, pero en 1983 me recomendaron la titulación de licenciatura en Información
Científico Técnica, que era como se le llamaba entonces. El día que fui a
matricularla vi que no me gustaban las asignaturas, entonces me fui a mi casa y
alteré la documentación cambiando el nombre de la carrera. Me presenté esa misma
tarde en la oficina del decano de la Facultad de Arquitectura y expresé mi
deseo de retomar mis estudios. Me aceptaron inmediatamente y, luego, Diocles dio
la autorización final. Así retomé los estudios que desde 1973 habían quedado
interrumpidos en dos ocasiones.
¿Llegaste a
ejercer la arquitectura en Cuba antes de tu salida definitiva?
Sí. Gracias al
arquitecto argentino Roberto Segre, quien había sido mi tutor, me vincularon
para trabajar en el proyecto de Expo Cuba. En ese periodo me casé por poderes
con un periodista español, padre de mi hija, estando yo en Cuba y él en España.
Celebramos una fiesta de boda en La Habana estando ya casados, pero nadie me
cuestionó cuándo habíamos firmado.
Existía un
proyecto de construir viviendas en Nicaragua y yo hubiera querido participar.
Era la razón por la que permanecía en la Isla a la espera de esta oportunidad.
Al final resultó que el lugar era inhóspito y no dejaban ir a las mujeres.
¿Cómo y en
qué circunstancias ocurre tu salida?
Fue en 1989,
justo un poquito antes de la Causa 1 de ese año en que hicieron juicios
estalinistas contra el general Arnaldo Ochoa y otros militares del régimen, y
antes de que también cayera Diocles Torralba, amigo de Ochoa y quien era ya
ministro del Transporte, y de alguna manera mi salvador.
Llevaba tiempo harta
de todo aquello, con un sabor muy amargo del registro que hicieron en 1982 cuando
desvalijaron mi estudio y me llevaron presa, caminando por las calles junto con
otros presos hasta un sitio en que nos hicieron un juicio popular donde me
acusaron de “escándalo público y tenencia de artículos de procedencia ilícita” (televisor,
radio, ventiladores, todos a nombre de mi padre y de mi abuela materna). Se llevaron
todos los casetes, bolsos, zapatos, perfumes. Le pedí a mi padre que me sacara
del país, pero no sucedió nada. No aguantaba más las guardias, los trabajos
voluntarios, las reuniones y la perorata del régimen. Por suerte, mi marido me
aconsejó que mandara a Madrid todo lo que pudiera y fui enviando, poco a poco,
cajas con libros, discos y hasta adornos, recuerdos familiares y obras de arte.
Tuve que pedir la autorización y la “liberación” del cargo de arquitecta para poder
instalarme en Madrid. Me otorgaron permiso de residencia en el exterior por
reunificación familiar, y al año la nacionalidad española. Mi hija nació en
Madrid.
¿Tuviste
oportunidad de retomar tu profesión en el exilio?
De cierta manera
sí. En Expo Cuba trabajé en las dos fuentes del Pabellón Central y mi primer
trabajo fuera lo realicé para GEOLINER SA, una empresa de unos amigos de mi
padre que se dedicaba a la construcción de balsas para reutilización de las
aguas residuales, que me permitió trabajar poco después en el proyecto CIUDAGUA
de Cités Unies Développement (proyecto de políticas de gestión de
abastecimiento de aguas y saneamiento de residuales), cuya oficina central se
encontraba en París, me ayudó el hecho de que hablaba francés, gracias a mi
abuela Angelina que era muy afrancesada y me había pedido que estudiara en la
Alianza Francesa de La Habana, en la que ella había estudiado. Trabajé y viajé
mucho con este proyecto relativo al desarrollo sostenible vinculado con el
agua. Y me especialicé en cooperación internacional para el desarrollo.
Desarrollé y
compatibilicé varios perfiles de trabajo. Comencé la docencia con las
Universidades Populares impartiendo cursos de “Formación de formadores”. Como
especialista en cooperación internacional he estado vinculada varios años a la Universidad
Autónoma de Madrid en los cursos de postgrado de Cooperación Internacional al
Desarrollo y también contratada por el Programa Migración y Multiculturalidad
de la UAM, y a los másteres de Cooperación Internacional y al de Migraciones de
la Universidad Pontificia de Comillas. He trabajado con diferentes organizaciones
no gubernamentales españolas en el ámbito de acciones internacionales y
publicaciones. También he realizado algunas restauraciones de viviendas
privadas y disfruto mucho la docencia.
¿Regresaste
alguna vez a Cuba?
Sí. Viajé a Cuba
en varias ocasiones hasta la muerte de mi madre. La pobre, solo salió en viajes
de visita a Estados Unidos y Europa, pero nunca alcanzó su sueño de irse de
aquel país. Sobre todo, viendo como todos se iban todos, incluso aquel nieto que ella crio y por el que no pudo irse en 1980. En 1993, estando yo embarazada
de ocho meses y viajando a Cuba por Cités Unis con una colega de Nantes para la
identificación de tres proyectos de adjudicación de financiación, me percaté un
poco de lo que era el llamado “Periodo Especial”. En 1994 el Ministerio de Exteriores
convocó a la primera conferencia “La nación y la emigración” que coincidía con
la visita a Cuba del Papa Juan Pablo II. A mi esposo le tocó cubrir la visita
del papa para el programa Informe Semanal de RTVE y fuimos los tres. Luego, en 1995,
también relacionado con mi trabajo con un empresario sevillano especializado en
restauraciones, viajamos para reunirnos con Eusebio Leal, para la aplicación en
la Habana Vieja de las técnicas desarrolladas por su empresa. Mi condición era que
incluyeran la restauración de la casa en que Juan Gualberto Gómez había fundado
el periódico La Fraternidad. Esta casa es hoy el Museo Juan Gualberto
Gómez en La Habana. En otra ocasión fui a cuidar de mi madre y en 2021 cerré
las puertas de Cuba tras el fallecimiento de ésta en La Habana.
¿Qué planes
tienes ahora, en esta etapa de tu vida?
Actualmente continúo
con alguna tutoría e investigaciones a las que me invitan. Trabajo en un
análisis de Poesía y arquitectura, de Rilke a Le Corbusier, enfocando el
análisis arquitectónico al libro de Le Corbusier El poema del ángulo recto.
Aunque considero
prioritaria la cronología en que trabajo sobre mi bisabuelo Juan Gualberto
Gómez, pues integra muchos nuevos trabajos de investigadores que viven en la isla,
y contrasta, corrige y aporta nuevos datos sobre su vida, fundamentalmente de
la época de su exilio en España, Ceuta y Francia que es lo menos conocido. La
familia ha honrado a Juan Gualberto con la reedición del libro que mi abuela
publicó en 1954 Vida y obra de Juan Gualberto Gómez, que compila las
conferencias que ella impartió por toda Cuba, a profesores y alumnos de las
Escuelas Normales. La última edición la hizo mi padre aquí en Madrid en 1984
por el 130 aniversario de su natalicio. En esa edición incluyó la copia del
libro de Emilio Roig de Leuchsenring que fue tirado a la calle y que yo recogí
como comenté antes.
He integrado
materiales familiares, actualizado información desconocida sobre nuestra historia
familia, así como estudios e investigaciones diversas. Sobre todo, porque me he
dado cuenta de que ya los jóvenes cubanos no saben quién fue Juan Gualberto, y
hay, incluso, quienes ni siquiera lo han oído mentar. Ya de mi generación vamos
quedando pocos y, dentro de poco, nadie podrá contar nada de estas cosas ni dar
luz a las trayectorias de vidas de familias negras cubanas antes de 1959. Juan
Gualberto defendió el principio de cubanos blancos y negros, y se está
destapando cierto racismo y polarización en muchos sitios del mundo, entre la
gente, y de unos contra otros. ¡Y la Isla no es una excepción!
El gobierno
castrista ha borrado o cambiado el relato de la Historia (con mayúsculas).
Restituir la verdad es importante. En un país multirracial como Cuba considero
un deber salvaguardar el legado de mis ancestros.
Madrid, junio de 2026.










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